El Taller Palabras que curan está a cargo de la maestra Mercedes Hernández.
Actriz y narradora oral, mexicana de corazón.
Estudió la carrera de Actuación en el Foro Teatro Contemporáneo que dirigió el maestro Ludwik Margules. Ha actuado en más de 25 obras de teatro, 10 películas y 5 cortometrajes y ha contado cuentos en innumerables espacios de México. Ha mostrado su trabajo en Colombia, Costa Rica, Venezuela, Chile, Ecuador, Cuba, España, Bélgica, Francia y Suiza. Ha sido becaria del FONCA en dos emisiones. Cursó un diplomado en Educación de Adultos en la UPN. Ha facilitado procesos educativos en diversas instituciones y empresas. En 2015 fue nominada a los Premios Ariel, en la categoría de Coactuación por la película La Tirisia de Jorge Pérez Solano.

Narraciones

Soy tu hija Gabriela, tu japonesita, la más pequeña. Cuando tú me dejaste, de año y medio, yo era muy chiquita y aun así fui creciendo.A los seis años iba a la escuela y recuerdo que no podía pasar primero. Tres años repetí ese grado y un día ya estaba en cuarto. Las maestras me pedían material para mis tareas y yo le avisaba a mi papá, pero él se enojaba, me decía: –Es que piden mucho–. Por fortuna, aunque se enojaba, sí me daba para lo que me pedían y así yo podía entregar mis tareas. Mamá, fue así como con dificultades y todo, llegué a sexto. Recuerdo que no fue nadie a mi salida de la primaria. Aun así siempre le eché ganas, la prueba está en que logré mi certificado. Es cierto que salí ya grande de la escuela, pero con mi esfuerzo, lo logré. Cuando tuve la ilusión de seguir estudiando, me ayudó mi maestro de sexto que se llamaba Rogelio Luna. Me preguntó que si yo iba a seguir estudiando, le contesté que sí y me dijo: –Yo te voy a dar una dirección para que vayas y ahí puedes estudiar–. Le hice caso al maestro, fui y platiqué con la señorita recepcionista. Ella primero me dijo que sí podía inscribirme, pero cuando ya iba a firmar me dijo que no, que porque ya estaba muy grande. Me sentí muy decepcionada, mamá, porque ya me había hecho ilusiones; pero me dije a mi misma: “Si no puedes estudiar, te tienes que poner a trabajar para ayudar a tu papá”. -Así lo hice. Entré a trabajar primero a una fábrica. Ahí aprendí a hacer varias cosas. Cuando recibí mi primer sueldo me dio gusto y empecé a darle dinero a mi papá; no era mucho, pero de algo servía. En aquel entonces me pagaban 600 pesos. Poco a poco me fui haciendo de mis cosas: mi tele, el refri, mi lavadora. He ido saliendo adelante, hasta que me di cuenta de que era una mujer independiente. Yo a veces te extraño mucho mamá... Me he preguntado, por qué no estás aquí conmigo, para platicar, para contarte de mis cosas, para reírnos juntas y que me des un consejo y yo pueda saber si estoy haciendo bien, mamá. No soy la hija perfecta pero tampoco soy mala. Cuando mi hermana Berna se fue, se casó e hizo su vida y luego cuando se fue Andrea y luego Tere, sentí feo porque a pesar que ya tenía diecisiete años me sentí como si una y otra vez me quedara huérfana. Tengo a mi padre, pero no es lo mismo. A la mamá nunca se le deja de extrañar, aunque no la hayamos conocido.
Gabriela Alarcón Lozano
Pedregal de Santo Domingo

Pienso en ti. Escucho un sutil jadeo acompañado del arrastre de tus pantuflas que rozan contra el suelo. Te recuerdo, mi chatita, cansada y adolorida; siempre recibiéndome con una sonrisa. Me preocupaba cada vez que te veía sonreír, porque tus dientes parecían quebrarse en cualquier momento. Recuerdo tus manitas, suaves, tu cabello lacio y perfectamente peinado y tus perlitas en los aretes que hacían juego con tus ojos llorosos. Recuerdo tu voz y a veces, cuando tengo un poquito de suerte, soy capaz de volverte a escuchar entre sueños… Siempre tan correcta y cariñosa. Fueron pocas, muy raras las ocasiones en las que te vi enojada; en cambio muchas las que te vi triste. Por fortuna la inmensa mayoría de veces estabas sonriente. Ojalá te hubiera tenido más cerca, más tiempo, ojalá hubiera podido aprender más de ti. Pienso en todo lo que pasaste y siento tu dolor, siento tu miedo. Pero también siento tu amor y tu fortaleza. Trato de entenderlo todo, de desenterrar tus secretos y de respetar el por qué decidiste mantenerlos. Pienso en sí en algún momento te sentiste libre, pienso en cómo comenzó todo; en si seguiste tus sueños; en si mi abuelo habría sido el amor de tu vida y en si te habrás lamentado de elegirlo y frenar sus sueños, si es que así fue. ¿Alguna vez imaginaste que ese amor se convertiría en un demonio que te hizo tanto mal? Ambos arrastrados al infierno. ¿Cómo fue abuela que mantuviste a una familia en llamas? ¿Alguna vez pensaste o intentaste irte? Estoy parada en esa calle donde crecí y camino hasta el portón gris de tu casa; lo abro, cruzo el patio, el ventanal, la sala y giro a la derecha porque sé dónde encontrarte. Extrañamente en la estufa no hay comida, sólo café. Con eso me percato de que estoy en un sueño y aún consciente de esto, me pasmo ante tu figura frente al lavabo. Estás de espaldas, rellenita como en los buenos y viejos tiempos. Observo tu chongo y tus brazos moviéndose de un lado a otro mientras lavas unos platos inexistentes. Me acerco a ti y trato de tocarte pero mis manos atraviesan tus hombros. Quiero abrazarte y no puedo. Entonces me conformo con el recuerdo y coloco mis manos y brazos alrededor de tu espalda, trato de sentirte, de olerte. Te abrazo sin abrazarte y lloro. Lloro porque nadie nunca podrá abrazarme como tú lo hacías. Finalmente te das vuelta y tus ojitos llorosos se clavan en los míos: –¡Ay, mijita! – exclamas. Y me das tus manos que junto con las mías forman una especie de cuevita: –Ya estás tan grande… ¡Mira qué bonita mi Marifer!–. Y yo, como si tuviera el tamaño de la pequeñita que educaste, me hundo en tu pecho y tus brazos. Chatita, hay tanto que quiero contarte, tanto que preguntarte, pero lo más importante tanto que agradecerte. Abuela, ¿cómo le hiciste?, ¿cómo le hago? Yo no soy nadie para juzgarte, sólo trato de ponerme en tus zapatos. Creo que entre más adulta, más perdida me siento. He descubierto que no tengo súper poderes, como cuando volábamos por el parque. Descubro que el amor no siempre nos lleva a un final feliz, como en los cuentos que me contabas. Abuelita, creo que nunca te lo dije y quiero aprovechar para hacerlo. Tú eras mi faro y nunca debí alejarme de ti; debí luchar por tenerte en mi vida. Valorarte, cuidarte y amarte, de la misma forma en la que tú lo hiciste conmigo cuando era chiquita. Han pasado tantas cosas que aunque no lo creas, en muchas decisiones que he tomado pienso en ti. Me pregunto en voz baja: ¿Qué hubieras hecho, mi chatita?
Fernanda
Magdalena Culhuacán

En el número 32 de la calle 5 de mayo, en una mañana como cualquier otra y mientras se asomaba el sol detrás de los edificios, refrescando la banqueta, los niños corrían para llegar a la escuela. De pronto, la calle se inundaba de puntitos verdes acumulándose en la entrada de la primaria Benito Juárez. A Luisa le encantaba apresurarse para abrir su tienda, nunca faltaba el niño que olvidara la cartulina para llevar de tarea. Luisa disfrutaba de las mañanas, porque la hacían sentirse útil. Se levantaba muy temprano y caminaba unas cuantas calles, aproximadamente unos 30 minutos para poder llegar a la 5 de mayo. Levantaba la puerta de metal y se sacudía las manos con unas palmadillas. Se alistaba dentro de la tienda para que mientras acomodaba los lápices y las plumas sobre el mostrador, la gente que entrara, supiera que ya había abierto. Así Luisa estaba la mañana, observando a través de la puerta a los transeúntes pasar de un lado a otro. Ese día era martes, sabía que María y Francisquito pasarían y comprarían un par de plumas, porque él siempre las olvidaba en casa.
Luisa observaba la calle como siempre, como cualquier martes. Eran ya las doce de la tarde y todo parecía sereno. Sin embargo, la mente de Luisa no andaba tan tranquila. No dejaba de imaginarse qué estaría haciendo si no estuviera atendiendo la papelería, ¿Dónde estaría? ¿Con quién estaría? Luisa disfrutaba estar en la papelería, conversar con los clientes, ayudarlos a encontrar lo que necesitaran, acomodar los papeles y cartulinas por tamaño, color, y bueno si se aburría, hasta por el orden en que habían llegado a la tienda, pero a veces se hacía preguntas, así nomás. Sólo que ese día realmente no se encontraba en ese lugar. “Ya no quiero ser Luisa, la de la papelería” – se dijo a sí misma. Así que lo decidió, por primera vez en siete años, cerró la papelería a medio día y salió con una sonrisa atrevida y unas ansias por la incertidumbre. Mientras caminaba con mucha decisión sobre la avenida soleada, le surgió la gran pregunta ¿A dónde iré? Recordó que de niña le encantaba ir al kiosko de la ciudad y pasar el rato, comprar unas papitas y ver los puestos entre las calles para chacharear. Así que le resultó buena idea acercarse a la plaza central. Entusiasmada, Luisa llegó a la plaza del kiosko, pero para su sorpresa no había puestos de comida ni de chácharas. La plaza estaba muy quieta, apenas si pasaba gente. Luisa se sentó en las escaleras del kiosko y observó la quietud de la plaza fantasma. –Le falta vida a este lugar– se dijo a sí misma. –Ya no es lo que antes era–. Entonces se le vinieron a la mente las imágenes de esa plaza, 20 años atrás. Los coloridos letreros, el bullicio de la gente, los puestos de chicharrones, papitas, fruta. La música de fondo mientras los niños corrían con sus pequeños papalotes y los abuelitos sentados conversaban tan a gusto que no se percatan de las palomas picoteando su pan. Se sentía muy relajada observando a la gente pasar y recordando buenos tiempos. Luisa sabía que esto sería sólo por hoy, no podía abandonar su papelería… ¿O sí? Luisa no sabía hacer más que atender su negocio, pero ¿qué estaba pensando? Por supuesto que Luisa podía hacer más que eso.
Sentada en la plaza y reconfortándose con sus pensamientos positivos, Luisa sintió una punzada en el centro de su pecho. Cada mañana salía de su casa sin despedirse de nadie para regresar en la noche y cenar solita en ese comedor con tres sillas más; después se acostaba en el lado derecho de la cama, sintiendo las sábanas frías. Luisa se había enfocado tanto en la tienda que no tenía amistades, ni mucho menos pretendientes. Luisa, era sólo la mujer de la papelería, porque no tenía ninguna otra asociación, ni familia, ni características que la hicieran resaltar. Pero lo que no sabía es que mientras ella pensaba en lo sola, fea y nada brillante que era, detrás de los globos del globero Joaquín, se asomaban unos ojos marrones que custodiaban la mirada perdida de Luisa. De pronto, Luisa notó algo distinto en su panorama y se encontró con aquellos ojos que la miraban nerviosamente. Parpadeó, el viento movió los globos y la mirada desapareció. Luisa se levantó rápidamente y agudizó sus ojos para empezar a buscar a ese extraño par de ojos marrones. Ahí estaba. Era un hombre alto que se movía detrás de los puestos de elotes. Intentó no perderlo de vista pero iba muy rápido. Luisa casi tropieza con unos huacales, jamás le quitó la vista. ¿Qué era esta estampida de furor que sentía? No sabía, pero la adrenalina hacía reaccionar más rápido su cuerpo que su mente. Siguió apresurando el paso y llegó a un callejón sin nadie más que el hombre a quién había seguido.
–¡Espera!– gritó agitada. El hombre se detuvo, entonces pudo ver que no sólo era alto, tenía un aspecto muy bien cuidado. Pantalones de vestir y una camisa azul desfajada. Él giró para encontrarse con la cara pálida de Luisa. Entonces ella pudo comprobar a quien pertenecían estos ojos marrones y expectantes. Luisa sentía que lo conocía de algún lado. –Disculpa, no quise molestarte. Yo…– Pero esa voz profunda y rasposa no pudo continuar: – Disculpa– y se fue. Luisa lo vio alejarse en el callejón, dobló a la derecha y desapareció. Se quedó pensando unos segundos, los pensamientos corrían más rápido que ella en esa plaza. ¿De dónde lo conocía? ¿Por qué le resultaba familiar? ¿Por qué la estaba mirando de esa manera? Decidió seguirlo. Caminó el callejón, dobló a la derecha y vio a la figura de su espectador caminando del lado izquierdo de la calle. Ella cruzó sigilosamente, lo siguió con una distancia considerable, se escondía detrás de puertas, postes e inclusive personas.
Él iba a paso rápido y no se percató que lo seguían, llegó a una casa amarillo pálido, entró por la puerta de madera. Luisa lo vio cruzar por uno de los grandes ventanales de la enorme casa. Con mucho cuidado, Luisa decidió acercarse para asomarse a través de estas ventanas e intentar responder alguna de las incógnitas que le circulaban por la mente. Después de casi ser descubierta dos veces, logró asomarse mientras el individuo estaba de espaldas y vio algo que no esperaba, su expresión se suavizó; sus ojos se abrieron y su corazón se detuvo…cuadros y cuadros con su rostro. De perfil, de frente, riendo, sonriendo, llorando, en su tienda, caminando. Esa sala estaba llena de bastidores y cuadros con sus rasgos, era como estar en una casa de espejos. Luisa pasmada, se olvidó de esconderse y se quedó de pie observando. No sabía qué pensar, ella solía creer que pasaba desapercibida detrás de un mostrador. Sólo que para alguien, ella resultaba motivo suficiente de inspiración. Sin duda, estaba halagada, pero asustada y confundida. No conocía a este extraño y él parecía conocerla bastante bien.
¿Quién era Luisa, la de la papelería? Un brote de adrenalina le recorrió el cuerpo y decidió entrar a la casa por la puerta que el artista había dejado ligeramente abierta. Él volteó al escuchar el rechinido de la puerta. Sin palabras, se aferró al pincel e intentó buscar una buena excusa para esa escena. Luisa se adelantó y frente a este extraño ella se encontró, ahí estaba su deseo de identidad, una perspectiva, una idea, muchos sentimientos. Las lágrimas comenzaron a brotar y recorrer sus mejillas, el artista se acercó tímidamente y limpió el rostro de su musa con la mano. Entonces ella se acercó a él y se sentó en un banco cerca del bastidor. Se limpió la última lágrima, sonrío y coqueteó con un pincel acelerado que mezclaba colores en la paleta y se deslizaba por la tela, durante casi una hora. El pincel paró, los ojos marrones voltearon a verla y ella se acercó por detrás del hombro del artista. Entonces observó un cuadro que mostraba a una mujer hermosa sentada en la plaza del kiosko, todo indicaba que ella era el centro de la escena. Fue así como entendió que muchas veces necesitamos mirarnos a través de los ojos de los demás para ver lo hermosas, lo grandes y brillantes que somos ya. En el fondo siempre lo sabemos.
Sandra
Magdalena Culhuacán

Entre los árboles los rayos de luz que se cuelan por las ramas y el sendero que desprende un olor a tierra húmeda se perciben los cantos de aquella mujer misteriosa que llega de jueves a jueves a la aldea. Nadie sabe nada de ella, no tiene pasado, unas pistas de presente y ni idea de su futuro. Su cabello tiene destellos plateados que combinan con una placa dental que se descubre cada vez que ofrece una flor de su lomo, ¡Ah! Lo había olvidado, había olvidado comentarlo, Lupe es florista y no estoy segura de dónde saca las flores. Una vez, platicando con otros amigos del lugar cada uno planteó una teoría sobre Lupe. Pedro piensa que es una bruja y que sus flores son las almas de quienes se rehusaron a pagarle. Martín cree que es una espía que viene a quitarnos las recetas de nuestros platillos favoritos o nuestras semillas. Paco ni siquiera comparte lo que piensa, patea unas cuantas piedras y se va. Yo, yo pienso que es madre. Se ríen mis cómplices. ¡Sí, madre! repliqué, y proseguí para argumentar mi hipótesis:
Evidencia 1: Lupe llega todos los jueves, a las 7 de la mañana a la aldea, lo cual quiere decir que madruga ¿Sus mamás madrugan? Mi jurado afirma que sí.
Evidencia 2: Lupe tararea todos los días una canción de cuna, además lo hace en perfecta entonación. ¿Sus mamás tararean? Mi jurado asienta.
Evidencia 3: Lupe tiene cuerpo ancho y relleno, pechos grandes, caderas abultadas y además se ve que ya no tiene la edad de nuestras madres. Es más, me atrevería a decir que incluso es abuela, mi jurado objeta y todo se vuelve un descontrol. Nos distraemos y el jurado se convierte en una cancha de futbol así que guardo mis evidencias para mí misma y terminando el juego las repaso en mi mente. Lupe es muy agradable tiene voz muy suave, olor muy dulce y unos grandes brazos que dan los mejores abrazos, Lupe cuenta las mejores historias, según mamá tiene la mejor sazón y, con sus consejos, nuestra ropa y cobijas huelen mejor, incluso es doctora de las primeras veces que llegó al pueblo. Paco me había lanzado una piedra por accidente, recuerdo que no podía dejar de llorar, pero Lupe se acercó a mí, puso un ungüento y flores sobre mi herida, entonó su canción y el dolor se fue. No sólo he visto a Lupe sanar heridas físicas sino también del corazón, como diría la hermana de Pedro, las mujeres de la aldea van con ella, le lloran, la abrazan y se calman, por eso florista, bruja o espía, Lupe seguramente también es madre.
Fernanda
Magdalena Culhuacán

Siendo pequeña, no recuerdo exactamente la edad, me enteré de lo que había sucedido en mi familia, algo nada agradable por cierto. Cinco años había cumplido cuando llegamos a vivir a esta unidad, sólo tenía un hermano, luego el tercero nació aquí. Los mismos vecinos de mis papás fueron los padrinos de mi hermano. Con el tiempo mamá se embarazó de nuevo y nació una preciosa niña, mi hermanita. Y resultó que la hermana de mi papá al mismo tiempo salió embarazada del padrino de mi tercer hermano, que se llama Miguel. Todos nos enteramos y fue una época difícil para mí. A mi papá le dolió mucho lo que pasó con su hermana. En ese entonces él jugaba fútbol, se iba a las seis de la mañana y llegaba a las once de la noche, ya borracho, porque resintió profundamente lo que le hizo su compadre, al que consideraba un hermano. Al enterarse de que mi tía estaba embarazada de este señor, entre hermanos decidieron platicar en la casa de mis abuelos. Mi abuelo aún vivía y mi abuela sigue respirando el aire de la vida. Hablaron de lo que iban a hacer, cómo intentarían resolver aquel embarazoso asunto. Mis tías dijeron que mi papá no tenía por qué opinar al respecto, puesto que él ya no vivía en esa casa y no se hacía cargo económicamente de mis abuelos, por lo tanto no tenía ni voz ni voto en esa situación. Las mujeres de la familia le aconsejaron que lo mejor era que se preocupara por su propia hija, para que no fuera a hacer lo mismo. Yo me enteré de eso años después. Pienso ahora lo que implicó para mí aquel suceso, como hija mayor. Estar consciente de que no tenía que repetir la acción de mi tía fue un gran peso. No porque mis papás me dijeran que no lo tenía que hacer, sino que implícitamente sabía que no podía hacer lo mismo, más aún porque nunca fuimos los sobrinos consentidos de la familia de mi papá. Y sobre todo siendo la nieta más grande. Sí, fue un lastre impresionante, yo tenía que comportarme diferente y ser diferente. Hoy, cuando recuerdo esta situación reflexiono: qué difícil cargar con esto. Gracias a Dios no hice nada, tal vez para bien de mis papás, y para poderle demostrar a mis tías que yo fui diferente.
Cristina
Pedregal de Carrasco

Soy Laura. Desde que tenía cuatro años íbamos con mi padre y mi madre a ver a mi abuelita y a mis tíos, que tenían una casa en Tlaxcala. Un día de esos, venía con mi mamá de regreso en el camión y me ardían muchos mis piernas. No supe qué me cayó, a lo mejor petróleo o algún aceite ya que en aquella casa hacían la comida en una estufa de ladrillos con un comal muy grande, donde ocupaban petróleo a veces. O tal vez fue la picadura de un insecto porque la casa tenía mucha vegetación: árboles, plantas y flores. Recuerdo que íbamos a correr al bosque, salía con mis primos y jugábamos, hasta ahí todo iba muy bien.
Le avisé a mi mamá y ella fastidiada, no me hizo caso. Como que yo le caía gorda, esa era mi percepción. Me molestaba mucho porque pensaba que no le importaba nada de lo que yo decía y desde ahí me empezó a caer mal. Cuando tenía ocho años, mis papás, mis hermanos y yo vivíamos en unos cuartos rústicos, hechos de piedra. Sentía que nuestra vida era como de cavernícolas. En ese entonces mi papá perdió el trabajo, por lo que mi mamá tuvo que empezar a trabajar y yo cuidar a mis hermanos que eran pequeños.
Para mí era muy pesado porque tenía que cambiarles los pañales, que en ese entonces se usaban de franela. Yo tenía que lavarlos a mano, el lavadero estaba afuera de la casa, el agua muy helada y el aire tan frío que penetraba todo mi cuerpo. Todavía estaba chiquita y ya parecía toda una señora. Mi mamá me molestaba mucho, se la pasaba mandándome. Además la relación entre mis papás ya no estaba bien, había violencia familiar y yo estaba harta de esa forma de vivir. Entonces decidí cambiar mi vida y por fortuna llegó mi rescatista: mi madrina, mi hada madrina, que siempre ha estado conmigo.
Por aquellos días me salió un tumor en un dedo, el perfecto pretexto para irme con ella y con mi padrino. Recuerdo que ellos siempre veían por mí y nunca me faltaron al respeto. Eran unas personas muy amorosas, cariñosas, amables y, sobre todo, formaban una familia nuclear en donde me sentía a gusto y en armonía. Así me llegó la adolescencia. La disfruté porque nadie me decía nada. A los doce o trece años me sentía libre, era una rebelde sin causa. Sin embargo, como mi madrina me inculcó la iglesia, yo me sentía castigada por Dios al no estar con mis papás. “Voy a pagar lo que hice, el ir a las fiestas y toda la cosa”, eso pensaba.
Un día mi madrina me dijo: –“Tú debes ser independiente, no debes depender de nadie”.– Esas palabras me impulsaron a trabajar a los 16 años. Seguía viviendo con mi madrina pero me sentía triste por no estar con mi mamá. Me dolía y lloraba porque sabía que esa no era mi familia. Con el tiempo me dediqué a mi escuela, y me decía: –“Le voy a echar ganas para ver por mí misma”– que era lo que mi madrina me enseñó, a valerme por mi y ser independiente. Con el tiempo me he hecho más solitaria, mis compañeros van cambiando, se van casando y una se queda solita. Hay otras que están igual que yo aunque somos muy pocas. Entonces la sociedad dice: ¿Por qué no se casa? ¿Tendrá algo? ¿Será lesbiana? Me lo han dicho. Lo que sucede es que todavía no encuentro a la persona indicada. De hecho así me siento bien porque hago mis cosas y nadie me dice nada, amo mi libertad.
Ahora estoy saliendo con un muchacho, aunque luego me habla y me hostiga, ahí vamos. Actualmente trabajo y estudio de vez en cuando. Mi madrina me dio de base una secundaria técnica, luego yo me pagué mi preparatoria, mi licenciatura y especialidades.
Laura
Pedregal de Carrasco

Una noche, cuando veníamos mis dos hijas y yo de casa de mi mamá, íbamos caminando por la banqueta cuando de repente se nos acercó un perro grande, de color gris con blanco. Yo no hice nada porque no tengo miedo a los perros pero mi hija pequeña de 9 años, que les tiene pavor, corrió desesperada. Lo gracioso de esto es que ella siguió corriendo y lanzó un fuerte grito, casi como un aullido, que provocó que mi hija la mayor y yo comenzáramos a reírnos a carcajadas, pero sobre todo, que el perro corriera despavorido.
Cristina
Pedregal de Carrasco

Un día conocí a un muchacho en el bachillerato. De hecho yo pienso que le gusté desde el principio, pero en ese momento, yo trabaja y estudiaba. Sí me interesaba conocerlo pero mi tiempo era demasiado corto, de verdad no pude corresponderle, así que quedamos como amigos.
Siete años después volvimos a encontrarnos y sólo dimos la vuelta. Ahora, sí nos estamos viendo, yo le cuento mis cosas, cómo me va en el trabajo, cómo me va en mi vida. Se ha vuelto mi mejor amigo. Me ha contado que tuvo una relación de quince años y que terminó. Dice que él se dedicaba junto con su novia a ver lo de una escuela preprimaria, porque su novia era pedagoga. Finalmente, quebró el kínder ese del que me contaba. Esto le dañó mucho. Yo le he contado que también tuve un noviazgo de diez años, y pues ahí nos vamos llevando, compartimos nuestras emociones y bla bla bla. Llegué a sentir que nos comprendíamos. El ha sido muy atento y cordial. Yo al contrario, la verdad es que soy una persona que me considero seca, no muy amorosa, no muy detallista, ni de cartitas. Yo soy realmente una persona más desconfiada en el amor. Por lo que estamos viviendo, los chicos ya no son como antes, no todos, también no hay que generalizar. Pero ya no es lo mismo. Aunque a este chico, le gusta que le esté mensajeando, él me mensajea y me mensajea. Yo veo que sí le intereso pero a mí me fastidia, siento que me ahorca. Porque yo estoy acostumbrada a ser libre, como el viento. Me enfoco en mi trabajo, me siento muy feliz en él. Él me dice: –Es que tú no eres detallista-. Me exige que le haga cartitas, que le de tiempo, que le preste atención. Yo sí lo estimo, porque lo conozco desde hace mucho tiempo. Quiero corresponderle. Él se llama Pável, es un muchacho alto que siempre anda con sus anteojos negros. Trabaja en el despacho de su papá. Tiene un carrito. Siento que es muy perfeccionista el muchacho, es muy educado, muy correcto, me abre la puerta. Yo lo he visto y siento que es controlador, y eso es lo que a mí no me gusta. Luego le digo: –Mira yo no te puedo mensajear. En mi trabajo, no puedo estar ahí con el celular.– Muchas chicas sí pueden y qué bueno. Pero yo no, me tengo que concentrar porque si algo hago mal, ¡madre santísima, me linchan! Él es administrativo, trabaja con papeles, es otra cosa. Entonces sí me siento un poco diciendo: –¿Lo amaré, no lo amaré?–. Entonces yo quiero dar lo mejor con él y nada más.
Laura
Pedregal de Carrasco

Había una vez, una mujer joven llamada Tania que tenía un misterio muy importante por resolver y que estaba relacionado con su verdadero origen. Ella, a lo largo de su corta vida, nunca supo quiénes eran sus padres. Tania quería conocer la verdad, por qué no estaba con ellos, con su familia, y sobre todo saber de su nacimiento. Para averiguar su pasado, ella emprendió una búsqueda. Entonces pudo descubrir que era la hija de una mujer que había sido considerada una “bruja”. No era que su mamá hubiera sido una bruja bruja, de esas que vuelan sobre una escoba, sino que su madre nunca permitió que se le tratara como una simple mujer de su época, ella tuvo muchas ideas para mejorar y cambiar la vida de las mujeres de su pueblo. Pero esto no gustó a los hombres de su comunidad porque los hacía quedar mal. Entonces consideraron a la mamá de Tania una hereje, una bruja que merecía ser quemada en leña verde y así fue. Para su desgracia, a medida que Tania iba averiguando sobre su madre, ella misma comenzó a sufrir ataques y comentarios parecidos a los que le habían hecho a su madre. La historia se repetía. Tania empezó a esconderse, a no hacer una vida normal, como cualquier chica de su edad. Esto trajo para ella un destino fatal, murió encerrada en una casucha porque siempre la andaban persiguiendo, acechando. No cabe duda, cuesta mucho trabajo saber quiénes somos y cómo podemos liberarnos de lo que nos marca.
Anónimo
Pedregal de Carrasco

Esta era una princesa llamada Laurel, ella lo tenía todo, belleza, juventud, amor de sus padres, apoyo, buenos ejemplos y buenos consejos. Laurel quería ser princesa y soñaba con viajar y conocer el mundo, pero no le gustaba obedecer. Un día fue a una fiesta y conoció a un plebeyo que le gustó mucho, por ser de alma aventurera. Se hicieron amigos y se enamoraron, pero esto al rey y a la reina les preocupaba porque el joven no tenía ni oficio ni beneficio.
Cuando quisieron prevenirla, ella se enojó y no les hizo caso, pues cada día estaba más obnubilada. Ya no se comportaba como princesa: dejó de aprender buenos modales, de arreglarse y prepararse. Salía constantemente de palacio. Sus padres lloraban al ver perdida a su hija.
Hasta que un día el joven robó una aldea y lo metieron al calabozo por muchos años. La princesa cayó en melancolía, no quería vivir, porque además estaba esperando un bebé. Sus padres decidieron ayudarla y le brindaron su amor y confianza, pero Laurel siguió enamorada. Visitaba todas las semanas al plebeyo en el calabozo, hasta que un buen día, volvió a embarazarse. Los monarcas se decepcionaron mucho pues además de que no sería bien visto, el desprestigio era para todo el reino. Entonces decidieron quitarle la corona a la princesa. Con el tiempo ella se arrepintió de lo que hizo, ya que ahora tenía que trabajar arduamente en el campo para darle de comer a sus hijos. No tenía descansos para seguir aprendiendo cosas y sobre todo, ya no sentía amor por el joven.
Sólo esperaba poder borrar su recuerdo, pensando que había perdido mucho por necia: rango, amistades, profesión, libertad, dinero, juventud y sobre todo la decepción de sus padres. Como dice el dicho, nadie experimenta en cabeza ajena.
Cristina
Pedregal de Santo Domingo

He cuidado a todos los hijos de mis hijos, a todas las hijas de mis hijas. Nietos y nietas que amanecen en casa, crecen y se van. Nunca han faltado risas y juguetes regados en casa. Nunca ha faltado qué hacer. Yo no me había dado cuenta que llevo años así, hasta ahora que me puse a escribir.
Todos los días de entre semana me despierto a las 6:30, para hacer el desayuno y levantar a cualquiera de los veinticinco nietos que tengo, claro que nunca se quedan todos juntos, cada vez son dos o tres. Hay de todo, desde los que ayudan hasta los que uno piensa, -Pues este niño de dónde salió-. Es cosa de apurarse y a las ocho en punto de la mañana, ya están en la escuela.
Las abuelas que llevamos nietos a la escuela nos volvemos a ver en la lechería. Ahí vamos con nuestras cubetas de colores y el cambio suficiente para pagar la leche. Después es regresar a la casa para desayunar con mi esposo, apenas termino de lavar los trastes que se ocuparon, cuándo ya estoy pensando qué se va a hacer de comida. Yo me apuro mucho a recoger los trastes y lavarlos, después de comer; para tener tiempo de ver un rato la televisión, media hora. Luego hay recoger el tiradero y preparar la cena. Dormir y soñar...
Ahí está mi mamá, antes de morir. –Te encargo a tu papá, hija. Ya ves que no sabe ni encender la estufa- Yo me veo despidiéndome de mi mamá y después en el autobús ADO para ir a Michoacán, dónde vive mi papá.
Mi vida se divide en dos partes. Cuidar a mis veinticinco nietos y a mi esposo y cuidar a mi papá en Michoacán. En el pueblo de Chupícuaro todo es mejor. Una despierta a la hora que despierta, casi siempre cuando los pajaritos empiezan a cantar. Una cocina lo que tiene que cocinar, es decir, lo que hay, a veces frijoles, a veces arroz, a veces lentejas y así. Una duerme a la hora que se tiene que dormir, que es casi siempre cuando oscurece. Una cuida a su papá, como tiene que ser, como su papá que es de una.
Así pasa mi vida, quince días en el DF y quince días en Michoacán. Cuando les leí esto a mis compañeras me preguntaron, - Elvira, y cómo sobreviven unos y otros, cuando tú no estás. -¡Sepa!- Y me puse a pensar.
Elvira
Unidad Habitacional Emiliano Zapata

Me llamo Justina, no sé escribir, pero sí hablar y tengo muchos recuerdos. Nuestra primera casa, aquí en la Magdalena Coyoacán, estaba hecha de gigantón, que eran unas varas enormes que daban flores amarillas. Estas varas se amarraban muy bien y así se hacían las paredes, el techo era de lámina de cartón. No había agua, la teníamos que acarrear desde Culhuacán con un aguantador y dos botes. Nos alumbrábamos con velas.
Yo era una niña muy chiquita cuando me caí de las escaleras, los niños de sexto grado me empujaron. Los doctores dijeron que yo ya no iba a caminar pero eso no lo deciden ellos sino Dios. Tendría unos dos o tres años. Mi mamá nos bañaba en los lavaderos de 16 de septiembre con agua fría. Mi papá me cargaba y me consentía mucho. No teníamos zapatos. Cuando hacía mucho frío y pisábamos descalzas, el pasto tronaba. Un día me llevaron al centro a comprarme unos zapatos rojos con taconcito. Me encantaban pero hacían que me dolieran los pies. Cuando acompañaba a mi abuelita, Gabina Rosas, a los ejidos, veíamos el maíz y la calabaza. Un día tiraron con caballos y máquinas todos los sembradíos y casas. Hubo juntas, pero a mi abuelita y a mí no nos tomaban en cuenta porque éramos mujeres pobres. Desde los 11 o 12 años, yo ya era buena para hacer tortillas, frijoles, sopa de pasta y algún guisado de chicharrón, cuando había dinero. Alguna vez hacíamos bisteces.
A los 6 años me caí de las escaleras de la primaria. Los niños de sexto me tiraron porque iban corriendo y caí hasta abajo. Me desmayé. Perdí fuerza en los pies y no pude caminar. Me internaron en la Cruz Roja, todo era dinero. Dijeron que yo no aguantaría la operación. Un par de años después, Dios fue tan grande y misericordioso que escuchó a mi mamá y sus ruegos: –“Si me la dejas Dios mío, es porque va a caminar, si no recógela mejor”. Y Dios la escuchó y volví a caminar.
Mi hermano Plácido le dijo a mi mamá que mejor ya no me llevaran a la escuela para que no me volviera a caer. Nunca volví. Por eso no sé escribir pero sí leer porque en el hospital nos prestaban libros y aprendí. Como no fui a la escuela, me dediqué al hogar. Pero yo si quería ir. Incluso alguna vez me metí a la primaria nocturna, pero me tuve que salir.
Una vez mi mamá me llevó a trabajar a una casa. Era una residencia grande. Ahí aprendí a hacer el quehacer. Todo el dinero que ganaba se lo daba a mi mamá. Después me mandaron a la colonia Roma a trabajar de planta. Urbano Mendoza trabajaba en una tintorería de la calle Hamburgo. Yo tenía 22 años. A veces salíamos a cenar a una cafetería de chinos. Cenábamos avena y pan. Caminábamos por Insurgentes. Un día, Urbano me dijo:
–Mi mamá y yo nos vamos a ir a vivir a Las Águilas. ¿Te vas con nosotros Justina? Y me fui con Urbano a vivir a Las Águilas. Mi mamá estaba bien enojada porque me andaba buscando. A partir de entonces, ya no trabajé. Vivíamos en una barranca muy empinada y cargábamos el agua con cubetas. En seguida quedé embarazada de mi hijo, Urbano Mendoza Jr. Me pusieron el dispositivo y hasta siete años después tuve a mi segundo hijo, Víctor Jesús Mendoza Vilchis.
Mi marido era pintor, pintaba al óleo. Hacía unos cuadros muy bonitos y los entregaba en el Palacio de Hierro, en Pemex, en Santa Fe y en los bancos. Después de varios años, mi marido nos abandonó y yo me quedé con mis dos hijos. Muchos años después, conocí a Mario Martínez García, un indio oaxaqueño de Huajuapan. Él decía que era de Puebla pero yo siempre supe que era de Oaxaca. Con él llevo como 35 años. Todavía lo quiero porque él es cariñoso y amable, aunque antes era más. Un día hasta le dije; –Si quieres irte te puedes ir pero ¿a dónde vas que más valgas?”. Dormimos, desayunamos, trabajamos y comemos juntos. Él a veces lava los trastes. Yo me siento contenta con él. Reciclamos para completar el gasto. La despensa fuerte la hacemos con el dinero que da el gobierno que son mil cincuenta pesos pero ese dinero no alcanza, a pesar de que no pagamos luz ni predial. Donde quiera que yo camino, voy levantando botellas, latas, cartón. Mario lleva a vender las cosas y yo lo acompaño. Pero ahora ya mucha gente anda reciclando, ya no somos los únicos. A veces, los de la basura pasan primero o cuando yo encuentro algunos botes antes que ellos, me reclaman.
Ahorita el kilo de PET lo pagan a 5 pesos, el aluminio a 18 y el cartón a 1.50. Más o menos, trabajando una semana, puedo juntar unos 100 o 150 pesos. Mi mamá dejó de trabajar a los 60 años. Ahora tiene 97, todavía camina y sale a tomar el sol. Todo el día estudia sus libros de oración. Con ella poco hablo, ando muy ocupada. No tengo tiempo ni de comer. Yo como caminando porque no tengo tiempo de sentarme.
Antes mi mamá tomaba pulque y dicen que eso la mantuvo con salud. A mí, me gustaba la cerveza pero ya no la tomo para no dar mal ejemplo. Cuando los hombres beben, se vuelven agresivos, el alcohol les da valor. No sólo a ellos, también a las mujeres. Mejor decir que no porque si no, uno se pierde. Como mujer me siento atada de pies y manos porque no soy libre. Me gustaría salir, aunque sea para ver aparadores o a otra gente pero no puedo porque tengo que cuidar a mi mamá. De veras mamá, a veces me tratas como si tuviera 15 años y tengo 70. Yo me siento una persona grande a pesar de que soy chiquita, como me han dicho, de por sí soy poquita cosa pero yo me doy cuenta que puedo viajar con el pensamiento para ser grande. Porque tengo pensamientos que van lejos. Soy capaz de entablar una conversación con personas que estudiaron y con otras que no. En la vida es mejor luchar y conseguir lo que uno quiere, que tenerlo todo sin dar pelea. El trabajo siempre nos hace fuertes.
Justina Vilchis

Le pregunte, “te quieres casar conmigo”, me miro con una mirada dulce y movió la cabeza afirmativamente, yo sentía que El sultán si me quería mucho, siempre andaba conmigo, jugábamos todas las tardes y me acompañaba a hacer mis tareas, lo mismo que cuándo me pedían que hiciera un mandado, él estaba a mi lado tenía la piel tersa color marrón ojos bonitos color café uno y el otro gris.
El sábado a las doce am nos casamos. Le ayude a ponerse el saco, la camisa blanca y el moño de corbata, yo me puse mi vestido de novia, largo blanco con una enorme cola, corte dos margaritas, para ponérmelas de aretes, y unos malvones blancos de las macetas de mi mamá, porque no tenía ramo, y las novias llevan en las manos un ramo de flores.
El sultán camino derechechito erguido y me dio el brazo, caminamos los dos hasta el kiosco del centro del pueblo, la gente nos aplaudía y nos decía felicidades, muchas felicidades el juez realizo la ceremonia, mis ocho hermanos, Tere Noé, Oscar, Manuel, Antonio Arturo y Moisés, sus amigos y mis amigos hicieron una valla para que pasáramos y nos aventaron arroz.
Mi mamá hizo mole de Oaxaca porque decía, que era la comida de los eventos importantes de la vida, mi hermano Jorge fue el juez, también asistieron a la ceremonia Don Vicente y Doña Rafaelita, ella estaba feliz de verme con su vestido me dijo; ten para que juegues, siempre quise tener una hija pero no se me hizo y Don Vicente sonreía y nos decía “que felices novios”, era invidente pero estaba feliz con el convivio y disfrutando de las tostadas con mole que nos regaló mi mamá.( Doña Rafaelita era una señora menudita de gruesas trenzas negras bonita sonrisa y buena para contarme cuentos) terminamos muy tarde, nos fuimos a descansar. No sé cuánto duro el Sultán en la casa, cuando me di cuenta el Sultán me abandono por una perra, no dije nada ahora vivía en otra casa y finge no conocerme, aunque yo tenía como cuatro o cinco años disfrute mucho al Sultán, si extrañaba que no me acompañara a la escuela, ni estuviera en la casa.
José Ramón González Medina
Pedregal de Carrasco

En los años ochenta Anacleto, que era una persona de unos 35 años, casado y con tres hijos, tenía que trabajar prácticamente de sol a sol. Salía desde su domicilio en Villa Panamericana a las seis de la mañana. Entraba al trabajo a las nueve de la mañana y tenía que desplazarse hasta Ciudad Azteca. Debía tomar un camión al metro Tasqueña, abordar el Metro hasta Pino Suárez, transbordar en Moctezuma y luego tomar un guajolotero a Ciudad Azteca. Tres horas de ida y tres horas de regreso. Anacleto estaba cansado y aburrido, pero satisfecho de cumplir con su trabajo que consistía en dar clases de música y de ejecución de órgano electrónico. Su problema era que no tenía convivencia alguna con sus hijos ni con su esposa, pues como también se dedicaba a la venta de los instrumentos musicales tenía que trabajar los domingos y el poco descanso que tenía era entre semana.
Cuando llegaba a casa de noche encontraba siempre a sus dormidos, los veía, les daba su beso y su bendición y él ya cansado y sin aliento se metía a bañar y después a roncar. Anacleto no era feo, tenía pegue con las mujeres. Trabajando, se enamoró de una alumna. Esta mujer lo quería todo con él y él no pensó en la consecuencias. Le pidió el divorcio a su esposa y ella se loconcedió sin el menor reparo, pues aquello no era vida matrimonial. Su pecado lo pagó muy caro porque aquellamuchacha lo engañó y él se quedó como el perro de las dos tortas.
José Ramón González Medina
Pedregal de Carrasco

En un momento hubo cambios que marcarían mi vida, como cuando me tocó darme cuenta de lo importante que era mi mamá para mí. Todo comenzó cuando decidí que no quería seguir el mismo patrón que ella.
Yo no quería eso, quería sentirme tranquila, amada, feliz. A pesar de que ella siempre dio su tiempo, su cansancio para mantenernos lo mejor posible a nosotros, sus hijos y su marido. Yo no quería ser como ella y así se lo hice saber. Supongo que le dolió en el alma sentir que no la amaba. Fue lo que sintió en ese momento. Su rostro estaba entristecido, sus hombros caídos y su inmenso dolor brotaban de su ser. Al pasar el tiempo y darme cuenta de que todos los días de su vida se levantó, preparaba el desayuno, nos arreglaba para salir a la escuela, trabajaba para que pudiéramos comer un poco de fruta extra en la comida y sin pedir nada a cambio, siempre dispuesta a sacrificar su vida por su familia. Fue cuando la valoré y lo único en lo que pensaba era tener la misma fortaleza, amor y paciencia que ella. Quería ser un poco como ella.
La familia de mi padre estuvo muy alejada durante muchos años, casi toda mi adolescencia. A mí no me importó mucho, puesto que tenía muchas otras cosas importantes en las que pensar, pero al pasar los años me interesó saber de la familia de mi papá y me acerqué a ellos y me presenté porque no me conocían.
Me habían visto de chiquita, pero no de grande. Mi tía y las primas, con cierta reserva, me aceptaron, aunque seguro se preguntaban qué hacía yo allí. Me fueron conociendo, me dieron comida y me integraron a la convivencia y a las pláticas. Luego todas eran casadas pero en la casa era mi tía, su esposo y dos primas solteronas.
Muchas pláticas, mucho de todo. Eso me encantaba, pero un día tocó hablar de ellas. Rosa que trabajaba con una tía, la hermana más chica de mi papá, tenía dos hijitos. Rosa los cuidaba. Con esa tía vivía un hijo de otra tía también hermana de mi papá. Higinio contó que casi todas las noches trataba de abusar de ella sexualmente cosa que no logró afortunadamente.
La otra muchacha trabajaba de sirvienta en una casa y uno de los hijos de la patrona si abusó de ella los 16 años ¿Será por eso que no se caso y no tuvo hijos?.
Anónimo
Cuadrante de San Francisco

Carmen, mujer trabajadora, madre de tres mujeres y un varón. Abuela de un hermoso bebé, esposa de un hombre no muy trabajador a quien le gusta apostar y no atender su casa.
Carmen, cansada de un día muy pesado en el trabajo, llega a casa a dar de cenar a sus hijos y esposo, estresada y sin ganas de nada. Tan sólo quiere recostarse y descansar, terminar de dar de cenar. Como suele ocurrir cotidianamente, las discusiones por la economía, gastos, gastos y más gastos la hacen explotar. Los hijos, temerosos al verle una vez más llegar al momento en el que la agresividad y la falta de control están presentes, se refugian en sus literas debajo de las cobijas, presenciando cómo sus seres más queridos se lastiman. Carmen, asustada, les pide que salgan del cuarto y tras ellos sale el papá, cerrando la puerta con llave y prendiendo fuego. Ahí la deja encerrada. Carmen, como puede, sale de entre las llamas con quemaduras leves y con el espíritu destrozado. Pasa el tiempo y decide cambiar de estrategia y cambiar los papeles. Ahora, de ser víctima, quiere dejarle un ejemplo a sus hijos: seguir su vida hasta que ellos sigan su propio camino. 
Anónimo
Pedregal de Santo Domingo

Mi abuela materna era trabajadora y complaciente, decía a todo que sí. Sus hijas mujeres muy limitadas en todo, pero eran alegres y vivas. Las mujeres somos decididas, esforzadas y cada día intentamos ser felices por el hecho de ser mujeres, estudiantes, deportistas, musas, amantes. La creación perfecta de Dios.
¿Por qué perder la estima si somos más valiosas que las piedras preciosas? El privilegio tan grande de ser un conducto para dar vida y formar vida. Se ha olvidado la importancia de la mujer en la familia y en la sociedad. Es hermoso ver un grupo de amigas reír a carcajadas, intercambiando ideas, proyectos y secretos. Es delicioso ir a tomar un cafecito y sentir y vivir la amistad.
Anónimo
Unidad Habitacional Emiliano Zapata

A mi mamá la enseñaron a cuidar y proteger a sus hermanos. Ella me enseñó a mí. Bordábamos juntas las servilletas de las tortillas, las fundas de las almohadas.
Mi mamá también me enseñó a no decir siempre sí. Dicen que ese es mi mayor defecto. Aunque en realidad no lo dicen, en plural. La única persona que me lo dicees mi marido.
Me casé a los veintiocho años. Mi esposo me ha dicho siempre que me porte bien para que pueda tener una buena vida. Que si quiero salir a pasear, tener ropa linda y palabras bonitas, me debo portar bien. ¡Ahora resulta que para tener tus derechos te tienes que portar bien!
¡Qué cosas! Yo he sido la mejor hija, la mejor hermana y la mejor mamá. Lo único que no he sido es la mejor esposa. Porque dice mi esposo que no cambio, que si yo cambiara todo sería distinto.
Julia Martínez Salgado
Magdalena Culhuacán

Hace muchos años en el Pedregal de Santa Úrsula Coapa las calles no estaban pavimentadas. Había muchos pirules, las calles estaban llenas de piedra volcánica, de vegetación silvestre.
Cuando llovía se podía escuchar el canto de los grillos y las ranas. Los jicotillos te acompañaban en el atardecer y las luciérnagas en las noches oscuras.
Una niña brincaba entre la hierba, jugaba a corretear grillos y mariposas. A lo lejos escuchaba a sus amigos que pateaban botes y buscaban basura para venderla, porque antes no se decía reciclar, antes lo que hacían los niños pobres, era pepenar.
Todos juntos caminaban hasta el estadio Azteca, que por aquellos entonces se encontraba en medio de la nada. Ese lugar era el mejor para pepenar botellas de brandy para romperlas y encontrar canicas, ahí dentro. Con suerte, encuentraban la cartera olvidada de algún borracho y, seguramente, muchas latas de cerveza y coca cola, latas de aluminio que eran las que mejor se vendían.
Cuando había partido en el estadio esa niña y sus amigos trabajaban cuidando coches, acarreando agua en botes para lavar los autos para ganarse unas buenas monedas. Treinta años después las cosas han cambiado. Las calles se pavimentaron, la vegetación y la fauna desparecieron. Todo se cubrió de concreto, miles de casas alrededor del coloso de Santa Úrsula. La niña y sus amigos también cambiaron.
Ella ahora es una mujer enamorada. Un joven amable, atento, cariñoso y humilde la buscó para novia. El amor, el matrimonio y el primer hijo llegan con la rapidez de quien sube una escalera. Serián felices para siempre. Pero una madrugada de julio una bala atraviesa el pecho de su esposo, cambia todo en un segundo. Cuando llegó al lugar alguien dijo:
–Ya está muerto.
Ella se hincó junto al cuerpo, lo movió y movió pero era cierto: ya nunca respondió. Así acabó su felicidad.
Cuando le llevaron a su hijo, de un golpe se dio cuenta de lo difícil que sería su futuro. Sentía deseos de morir, pero su bebé era un motivo para salir adelante y su meta fue hacerlo un hombre de bien. Pasaron los años y con el tiempo conoció a otro hombre. Le tomó tiempo pero con paciencia y tenacidad se ganó su corazón y le dio otra oportunidad al amor.
Rocío Hernández Juárez
Pueblo de Santa Úrsula

De repente le entró la nostalgia le llegaron a su memoria antiguos recuerdos de cuando vino a vivir a Villa Panamericana.
Le pareció maravilloso tener su propio departamento, pues siempre había deseado algo propio, después de muchos años de pagar renta. Ni cuenta se dio que pasaba el tiempo, estaba sumida en las imágenes vivas de cuando tenía que ir a las compras y no había mercado ni supermercado; sólo Conasupo y La Luna; pero para llegar tenía que caminar mucho a la tienda.
Tenía tres hijos –dos niños y una niña– y todo el peso de su hogar en los hombros. Ella piensa cómo ha pasado 42 años divorciada, sola. Cómo ha sido capaz de salir adelante. Ella es la muestra de que las mujeres somos muy fuertes y luchadoras y no importan los vendavales de la vida. Sigue pensativa y nostálgica. Corren algunas lágrimas por sus mejillas al recordar que no pudo, por más que quiso, evitar el divorcio. Se seca las lágrimas y se dice: “Divorciada sí, pero llena de vivencias y satisfacciones”. Ahora ella valora que de otra forma, jamás hubiera descubierto la fuerza y la voluntad que la habitan, ni disfrutado a sus hijos como lo hizo, porque su padre los trataba como si estuvieran en una escuela militarizada.
Libertad Uresti Daniel
Pedregal de Carrasco

En la ventana veo a una mujer llena de convicción y agradecimiento por ser mujer; pues en cada etapa de su vida ella se ha sobrepuesto a los desafíos que se le han presentado.
En la infancia disfrutó el tiempo de juegos con su madre, sus enseñanzas, ejemplos y exigencias. En la rebeldía adolescente se enfrentó con responsabilidades que le sacaron lágrimas, con grandes interrogantes y la inmensa alegría de la amistad. Amigos, amigas, novios, baile, mucho baile. Después llegó el amor duradero. Tres hijas hermosas lo testifican. Mucho trabajo, poco tiempo y una ganancia infinita. En la edad adulta le queda la melancolía de lo que se quedó inconcluso; pero ella sabe que mientras se encuentre en este plano existencial, habrá tiempo para hacer, ser, estar.
Eva Hernández Camacho
Santa Úrsula

La música de jazz ambientaba el lugar. A las siete de la tarde, Beatriz estaba tomando ya el tercer café, ella no deseaba ir a su casa, no quería interrumpir la armonía que estaba disfrutando en ese momento.
Por fin bebió el último sorbo y no le quedó más remedio que partir a su casa para volver a la constante rutina. Beatriz caminaba tan despacio que parecía que no quería llegar nunca a su destino. Tal vez por eso descubrió algunos cambios en el trayecto, habían colocado jardineras nuevas. La calle, en lugar de cemento parecía que estaba hecha de piedra de río; los maceteros llenos de flores alegraban el ambiente. Pero de pronto, a lo lejos, vio venir a un hombre que llevaba un sombrero y un chaleco color hueso. Beatriz sintió un pequeño pellizco de miedo y se dijo a sí misma: “Cálmate, no pasa nada”. Siguió su camino, sin perder de vista al hombre. Estaba oscureciendo y lo que antes parecía un hermoso camino lleno de jacarandas, ahora se convertía en un frío bosque, la boca del lobo.
Llegó el momento de cruzar y encontrarse con aquel hombre que no le quitaba la mirada de encima: “Buenas noches”, le dijo él. “Buenas”, contestó ella, apenas audible. De manera apresurada siguió caminando sin voltear casi corriendo. Aquel hombre venía tras ella. Entonces sí, sin dudarlo más, Beatriz corrió y corrió, escondiéndose tras los maceteros, llena de miedo.
Por fin llegó a su casa. Desesperada buscó en el bolso las llaves y vio de reojo cómo aquel hombre se acercaba. Estaba tan nerviosa que el manojo de llaves cayó al suelo y ella como pudo, lo levantó.
Entró a su casa, que ahora en lugar de parecer la misma casa rutinaria, parecía un bendito refugio, lleno de protección y amor. Por fin, estaba a salvo.
Beatriz Zamorano
Unidad Habitacional Emiliano Zapata

Ella estaba tomando café con leche cuando lo conoció. Era una café de chinos, de esos dónde una señorita se acerca hasta a ti para ofrecerte alguno de los panes de dulce que trae en una charola.
Estaba con su amiga Rita, la única amiga que tenía. Ambas lo vieron desde que se sentó en la mesa de al lado. Ella no sabe bien cómo, pero él la siguió durante treinta días, bueno no él, sino un chofer que había contratado para seguirla e informarle qué hacía y si no había nada extraño.
Él era muy celoso. Fueron al cine alguna vez. Se casaron y fueron felices durante 29 o 30 años, si a eso se le puede llamar felicidad. Luego cuando él murió, un día apareció un abogado y le dijo que debía desocupar la casa en la que había vivido en matrimonio con él. El abogado había recibido dinero. Después de todo, ella ha sido capaz de salir adelante.
Margarita Frías
Santa Úrsula

Los recuerdos llegan a veces como golpes, uno ni los espera ni los busca, pero ahí están ellos, insistiendo que no los olvidemos.
Yo recuerdo que siendo muy pequeña, me encontraba muy enferma, sentía que estaba sola, sin los brazos de mamá.
–Mamita, me siento muy mal, -le decía.
Ella estaba ahí cerca, pelando los tomates, sazonando la salsa, cambiándole el pañal al bebé, sirviéndole la comida a mi papá. A pesar de la fiebre, o tal vez por eso, yo sabía que ella estaba ahí, porque a cada rato me decía: “Espérame tantito, Carmelita, ya voy a terminar.”
¿Pero entonces quién me cargaba? Eran otros brazos los que me sostenían eran los del doctor, amigo de la familia. Pero lo que yo necesitaba era el calor maternal.
–Mamá, mamacita me siento muy mal.
–Espérame tantito, ya voy a terminar, así me decía mi madre enferma y cansada. Por eso la quiero tanto. Por eso la cuidé tanto. Ciento tres años vivió mi madre.
Ahora pienso que tal vez no fue así, tal vez en realidad, mi mamá me tomó en sus brazos y amorosamente me cuidó hasta curarme. “Espérame tantito”, tal vez le decía al quehacer, “espérame tantito”, tal vez le decía a mi papá.
Así es la memoria; uno borra lo que verdaderamente duele.
Mi mamá me enseñó a darles el tiempo que mis hijos necesitan, para escucharlos, quererlos y aceptarlos por igual.
Carmelita Jiménez
Pedregal de Carrasco

Me llamo José Ramón González Villa pero me dicen Tamarrara, les voy a contar por qué. Tal vez tendría cuatro o cinco años; vivía en casa de mis abuelos paternos, ahí también estaban mis padres y mis hermanos.
Me encantaba correr de aquí para allá, en esa casa enorme que tenía patio delantero y un jardín lleno de flores en la parte de atrás.
En medio se encontraba la cocina, hecha de adobes, con techo de tejamanil y piso de tierra. Ahí estaban mi madre y mi abuelita preparando la comida. Mamá torteaba la masa y ponía cada tortilla en el comal de barro que se calentaba sobre el fogón que ardía con leña y hojas de maguey secas, o con la viruta y el aserrín del taller de carpintería en donde trabajaban mi abuelo y mi padre.
El día que les cuento, mi abuelo tenía de visita a su compadre, estaban platicando y tomándose una alipús, antes de la comida. Mi madre me había hecho un taquito de tortilla con sal y yo corría a todo lo ancho y largo del patio de enfrente, entrando y saliendo a los cuartos. Mi abuelo muy serio y enojado me dijo: “Vete a cuidar a tu hermana”. Celia, mi hermana menor, tenía dos años y estaba sentadita en una periquera, supuestamente amarrada. Yo lo que quería era escuchar la plática de los adultos o jugar, no cuidar a una bebé, aunque la quisiera mucho. Así que en lugar de obedecer, me embobé con las historias que contaban los grandes.
De pronto se escuchó un golpazo y lloriqueos de mi hermanita que se había caído, entonces mi abuelo me dijo: “Ya ves, ¿no que tamarrarra…?” Pues eso le había dicho antes de que pasara este desastre. El compadre del abuelo, cada vez que me lo encontraba no me llamaba por mi nombre, sino que me decía: “Hola Tamarrarra”. Pedregal de Carrasco.
José Ramón González
Unidad Habitacional Emiliano Zapata

Hoy las mujeres nos hemos liberado de ser casi propiedad del hombre.
Mi mamá nació en los años 30 del siglo pasado y me platicaba que en su juventud las mujeres tenían que pedir permiso hasta para cortarse el cabello y visitar a su mamá. Las mujeres no podían votar y cuando pudieron tenían que marcar a quien les ordenara su padre o su marido.
Era mal visto que las mujeres trabajaran y tomaran decisiones.
Yo me siento afortunada de vivir en la Ciudad de México, ahora que podemos trabajar y estudiar; ir solas a cualquier lado. Me gustan mucho estos talleres, en los que intercambiamos ideas, aprendemos cosas nuevas y convivimos. Es una gran oportunidad para crecer.
Anónimo
Unidad Habitacional Emiliano Zapata

Soy Blanca, madre de cinco hijos maravillosos, cuatro hombres y una mujer. Después de casarme, viví en San Agustín Metzquititlán, un pueblito muy pintoresco en el estado de Hidalgo, lleno de vegetación con una iglesia que venera al Señor de la Salud, un Cristo muy hermoso. Ahí vivimos muy contentos en medio de la naturaleza y entre los animales que teníamos: vacas, caballos, pollos, gallinas… Todo eso divertía a los niños que para entonces sólo eran tres, el más pequeño tenía un año.
Pero todo terminó cuando mis hijos tuvieron que venir solos a la ciudad para cursar la secundaria porque en el pueblo no había más que primaria. Al llegar vivieron con mi hermana Aída y luego con mi hermana Rosy. Ellas tenían hijos casi de la misma edad y trataban muy bien a los míos pero nunca será igual vivir con los padres que con las tías.
A la privada Mascota llegamos por medio de mi cuñada, esposa de mi hermano. Ella conocía al Sr. Duprat, el dueño del edificio, y le pidió que por favor nos diera el primer departamento disponible. El Sr. Duprat supo que mis hijos estaban lejos del resto de la familia y que queríamos estar con ellos y de inmediato nos ofreció en renta un departamento que se estaba desocupando. Finalmente llegamos a La Mascota. Mis hijos estaban felices pues ya nos encontrábamos todos juntos. Los dos mayores, Estuardo y Heliodoro, rápido se hicieron de amigos. Al poco tiempo nació el cuarto hijo, Alejandro, un niño travieso; ya que estuvo más grandecito, cuando nació su hermanita Blanca, resultó muy celoso con ella, le jalaba el cobertor de la cuna y le aventaba cuanto encontraba. Así pasaron unos años, hasta que empezaron a bajar a la privada a jugar con los demás niños, ahí se reunían varios.
En el número uno de la privada vivía una señora que le decíamos Matite -que quería decir Mamá Lupita- una señora muy linda, a la que todos estimábamos. Vivía sola y la visitábamos seguido pues quería mucho a los niños y mis hijos la querían mucho, como si fuera su abuelita. También vivió aquí el Dr. Núñez, el doctor que nos atendía a todos los vecinos. Era muy humano, ayudaba a la gente necesitada y no le cobraba. Descansen en paz.
También estaba una señora que había sido cantante de ópera, llamada Rocabruna. Era una persona ya grande y no le gustaban los niños, así que cuando jugaban en la privada, ella salía por su balcón y les echaba agua. Primero los niños se retiraban temerosos, pero después de tantos insultos y bañadas, comenzaron a enojarse y a dejarle papelitos bajo su puerta dirigidos a la “Sra. Recabrona”.
A mis hijos les encantaba divertirse en la privada. Sus juegos eran muchos: las escondidillas, las atrapadas -que antes le decían la roña-, canicas, trompo, yoyo, voli, badgminton, la reata, cebollitas –sentados en el suelo y sosteniendo por la cintura a cada uno, el que estaba de pie jalaba a la que estaba primero hasta quitarla de los brazos que la sujetaban.
Yo a veces jugaba con ellos, me gustaba el voli y el badgminton y les enseñé a echar trompo y yoyo. Sabía jugar todo eso porque aprendí con mis hermanos, con quienes convivía pues ellos eran apenas mayores y mis hermanas eran mucho más grandes y, aunque con cinco hijos era yo muy joven, me divertía con mis niños y los demás en los pasillos de la privada. A veces jugaban a las olimpiadas y hasta hacían sus medallas con cartón y listones. Era muy divertido. Yo los veía desde el balcón, hacían carreras y gimnasia y bailaban, eran muy alegres. Después de sus competencias venían los premios. A veces algunos vecinos se enojaban por el escándalo que hacían pero a ellos no le importaba mucho, se aplacaban un rato y luego seguían divirtiéndose.
Antes, la privada estaba algo descuidada, los prados tenían muy pocas plantas porque los niños brincaban en ellas y había mucha tierra. En medio del pasillo había una fuente que cuando yo llegué ya no funcionaba pero se veía muy bonita porque tenía dos tortugas de bronce en la orilla. Nunca supe qué fue de ellas. Después se decidió hacer ahí la cisterna para que no faltara el agua pues para entonces ya empezaba a escasear.
En otra ocasión yo estaba dentro de la casa y oí mucho alboroto; salí y cuál fue mi sorpresa al ver que mi hijo Fernando se estaba peleando con otro vecinito a golpes. Lo peor era que el papá del niño desde su balcón le gritaba ¡pégale! ¡pégale! Yo me puse furiosa de ver al señor con esa actitud y porque mi hijo no se defendía pues yo les decía que no pelearan y mucho menos se pegaran. Me salió lo leona y le grité también ¡si no te defiendes y le pegas, yo bajo y te pego a ti! Entonces mi hijo se defendió y le dio tan buena paliza al otro niño que le quedó mucho rencor, al grado que otro día se le cerró la puerta y no podía entrar a su casa porque no traía llaves -de mi balcón al suyo hubiera podido pasar pero su orgullo no lo dejó y no me pidió permiso de saltarse. Empezó a subirse por la pared y cuando ya estaba llegando a su balcón se resbaló y cayó al suelo. Bajé muy rápido para ver si estaba bien y le dije que no fuera soberbio, que yo lo hubiera dejado pasar. Después lo curé pues tenía raspones y golpes en brazos y rodillas y así volvió a jugar en el patio con mi hijo y los demás niños.
Yo trabajé veinte años con el Sr. Mateos, el administrador del edificio, desde que las rentas eran congeladas, de 80 a 100 pesos mensuales que a veces se tardaban en pagar. En ese entonces, la mayoría de los departamentos no estaban bien cuidados, ni existían los árboles de durazno, aguacate y lima que los mismos inquilinos sembramos; ahora ya dan sus frutos y cuando pasa la gente hasta llegan a cortar algunos cuando hay. En La Mascota se pasa una vida muy tranquila porque nadie se mete con nadie.
Siguiendo con los niños traviesos, recuerdo que en una ocasión hicieron un concurso de disfraces. Nosotros habíamos ido al pueblo y al regresar nos encontramos con el concurso, mi hijo quería participar a fuerza y empezó a llorar, ¡y ni modo! a hacerle un disfraz exprés. Le puse un pantalón roto, un sombrero de fieltro viejo, una camisa zurcida y un parche en el ojo, según yo de pirata. Se veía muy curioso y al fin participó y como era muy simpático le aplaudieron mucho. No ganó pero se divirtió.
Ahora todos mis hijos están casados. Tengo 18 nietos y 10 bisnietos. Soy feliz con lo que Dios me ha dado y con los hermosos recuerdos que la vida me deja. ¡Bendito seas!Blanca Ángeles Contreras

Mi casa era vieja, tenía unos techos muy altos, eran de vigas de madera y manta de cielo. Para entrar había que subir cuatro escalones y llegar al hall -así le decía mi mamá.
Ese cuarto era de loseta. Ahí mamá tenía un cuadro de la Virgen de Guadalupe, dos floreros a los que les ponía gladiolas o nardos, veladoras encendidas, muchas macetas con flores de colores muy vivos -ella decía que eran sus malvas. También ahí se guardaban las jaulas con pajaritos, puros gorriones, que ella atrapaba poniendo una jaula vacía con comida con un hilo en la puerta, esperaba que entraran los pajaritos, soltaba el hilo y ellos quedaban dentro. Recuerdo sus cantos muy hermosos. Mi mamá casi no me dejaba entrar porque decía que estaban las veladoras prendidas y podía pasar un accidente.
De lado izquierdo del hall entrabas a la recámara de mis papás. Tenían su cama, dos burós, un ropero, una cómoda, la máquina de coser y una ventana que daba a donde mi papá guardaba su coche. A veces podía jugar ahí cuando mi mamá cosía a máquina, o a mano, pero cuando ella no estaba, me sentaba en el pedal de la máquina y jugaba que era mi coche -la máquina tenía un círculo que giraba y ese era mi volante- viajaba a Acapulco o a lugares a los que ellos me llevaban, pero lo emocionante era que yo solita conducía.
En seguida estaba el cuarto de mi hermana y mío. Ahí jugaba con mis muñecas de plástico que tenían unas caras muy bonitas pero lo que de verdad me encantaba eran las muñequitas de papel, tenía una caja de zapatos llena de ellas y les hacía ropa aparte de la que traían. Mi cama era la casa de las muñequitas, me divertía horas y horas.
El cuarto siguiente era la sala, ahí estaba la tele de bulbos sobre una mesita de metal. Me gustaba ver Los Supersónicos y Los Picapiedra en blanco y negro. Para cambiar de canal, teníamos que levantarnos y darle vuelta a la perilla que tenía grabados los números 2, 3, 4, 5, 7, 9, 11, 12 y 13. Cuando se apagaba de repente la tele es que se había fundido un bulbo y tenía que salir corriendo por el técnico que estaba un poco lejos, para que viniera a cambiarlo.
Una vez que nevó me despertó mi mamá y me dijo “¡levántate, tal vez no vuelvas a ver esto!”. Me levanté y miré por la ventana y ¡oh sorpresa! las plantas y el patio estaban llenos de nieve muy blanca, qué bonito e impresionante. Y sí, efectivamente no lo he vuelto a ver.
Después estaba el comedor y seguía la cocina, donde siempre comíamos. No me gustaba mucho estar ahí. Sólo cuando mi mamá guisaba bistecitos de carne molida, me encantaba ver cómo preparaba la carne con cebollita y perejil picaditos, sal, pimienta y lo mejor era verla extendiendo la bolita de carne molida en el metate, eran deliciosos.
Ahí en la cocina estaba la puerta que daba al corral, donde mi mamá tenía gallinas, gallos y pollitos. Comíamos huevo fresco siempre. Cuando salía a recogerlos tenía que tener cuidado con el gallo porque me picoteaba tan fuerte que me hacía llorar. En ese patio había una higuera que daba unos frutos muy ricos que a mi papá le encantaban. Él puso unos lazos y una tabla para hacerme un columpio. Me gustaba sentir el aire fresco en la cara cuando me columpiaba.
En el patio central mi mamá tendía la ropa en un mecate al cual levantaba con una garrocha, se veía genial ese palo enorme sosteniendo el hilo con las telas movidas por el aire. Un día a mi mamá se le ocurrió ponerle sal a unos bisteces y colgarlos cual si fueran ropa, qué espectáculo tan divertido fue ver al gato subiendo por la garrocha queriendo alcanzarlos. ¡Sí que fue chistoso!
Ese patio era mi fascinación porque pasaba muchas horas ahí saltando la cuerda, bailando, cantando, buscándoles figuras a las nubes, saludando a los aviones, montando la escoba como si fuera mi caballo -no escoba voladora como bruja, ¿eh?- galopando, construyendo mi casa con dos sillas y una sábana, metiendo mis trastecitos de aluminio debajo de las tablas donde estaban las plantas para decir que era mi refrigerador.
Para ir al baño había que atravesar el patio y bajar unos escalones. Cuando nos bañábamos teníamos que calentar el agua con un boiler de leña al que le echábamos como combustible este material o aserrín con petróleo.
En diciembre festejábamos en ese patio las posadas, navidad y año nuevo. Llegaban mis hermanos, unos con hijos otros no, y a veces la hermana de mis cuñadas con sus hijos que eran de nuestras edades o más chicos, de la edad de mis sobrinos, porque han de saber que mis hermanos se casaron con dos hermanas, o sea que mis cuñadas son hermanas. Mi mamá era feliz con tantos chiquillos. Cantábamos la letanía y pedíamos posada. Después, a romper las piñatas, nos vendaban los ojos y nos daban vueltas según los años que teníamos. En una ocasión se cayó la piñata y no se rompió, después nos dijeron que mi cuñada le había puesto tanto engrudo y periódico a la olla que no había forma de quebrarla, pero el peso hizo que el lacito del cual colgaba la olla cediera, fue muy gracioso. Al terminar de romper las piñatas, nos daban canastitas con colación, tronábamos cuetes y prendíamos luces de bengala.
Ahora, cuando me reúno con mis sobrinos y rememoramos las experiencias en casa de mi mamá, para ellos de la abuela, cada quien cuenta sus vivencias, pero todos coincidimos que las posadas son lo más hermoso de los recuerdos de nuestra niñez.
Leticia vive actualmente en El Buen Tono aunque su relato se refiere a la casa de su infancia.
Lety Milo

Eran los años noventa y después de varios intentos, las ansias nos quemaban por llegar a una casa donde no tuviéramos que darle cuenta a nadie de nuestros actos.
Mi hermano mayor nos dijo algo que no entendí en ese momento: “Sólo imaginen lo que puede llegar a ser la casa que verán”.
Esa mañana al llegar y ver la fachada vislumbramos que sería una casa antigua. Mi hermano abrió lentamente la puerta y la primera en entrar fue Duquesa, una hermosa perra pastor alemán, ya que según sabemos los perros perciben las malas vibras, y ella entró sin oponer ninguna resistencia, nosotros inmediatamente la seguimos. Fue muy impactante la primera impresión, vimos una casa triste, descuidada, sucia, estaba realmente maltratada, en sus paredes predominaban los colores morado, azul eléctrico, gris y las puertas eran verdes. En ese momento entendí lo que había dicho mi hermano: el panorama nos obligaba a imaginar lo que deberíamos hacer con nuestra primera casa.
Resultó un trabajo arduo de limpieza, diseño y remoción por parte del arquitecto, su equipo y algunos de nosotros en la selección de materiales, pisos y maderas durante casi un año. Fue una espera muy ansiada y una semana antes de llegar la mudanza a la casa, nos dimos a la tarea de lavarla y limpiarla completamente.
El día que la ocupamos fue una fecha memorable, 4 de octubre de 1998, cumpleaños de mi mamá. Al fin nuestro sueño se había logrado, ante nosotros estaba un lugar mágico, lleno de luz y vida. Podíamos percibir un lugar tranquilo. Cuando despertábamos, nos reconfortaba el trinar de los pájaros, así como la luz y los rayos del sol que entraban por los domos; la vista que brindaba el balcón interior nos remontó a la época porfiriana, con callejones y jardines que daban una sensación de paz.
Hasta ese momento no sabíamos del gran valor histórico del inmueble que habíamos adquirido, sin embargo la sensación de logro y felicidad fue infinita.
María Bernardina Juárez Serrano

Saludos y felicidades a todos los vecinos por el centenario del edificio La Mascota. Mi nombre es Emiliano y actualmente vivo en la privada de Gardenia de este conjunto habitacional que formaba parte de otros tres conjuntos: uno estaba en la colonia de Los Doctores, otro en el actual Centro Histórico -los dos ya desaparecidos- y éste en la colonia Juárez, entre las calles de Bucareli, Abraham González, Turín y Barcelona. Su construcción es del más puro estilo francés, con todos sus elementos originales, construido por el Ing. Miguel Ángel de Quevedo en los años 1912-1913 por mandato de la familia Pugibet. El Buen Tono tiene tres privadas muy bien definidas que toman sus nombres de tres cajetillas de cigarros: Ideal, Mascota y Gardenia. Este edificio ocupa las tres cuartas partes de la manzana, desde los tiempos del porfiriato, y fue construido con las esquinas rematadas y muros en fachadas de tabique rojo aparente, de dos plantas de doble altura, con remate en la azotea de balaustradas en sus contornos y rejas metálicas en los accesos a las privadas, con las iniciales GPdeP que significan Guadalupe Portillo de Pugibet. Se dice que tuvo un costo de $2,500,000 pesos.
Cuando de joven pasaba en el tranvía por Bucareli, veía el edificio y me decía “un día voy a entrar”, creyendo que tenía una calle en medio que comunicaba a las tres privadas pero cuando llegamos a vivir aquí, por el año 70 más o menos, me di cuenta de que no era así.
Ya viviendo aquí, jugábamos futbol y otros juegos, las jardineras casi no tenían plantas y era pura tierra. Todos los departamentos tenían un sótano y el nuestro nos quedó a la medida pues ya traíamos un conjunto de rock y allí ensayábamos, no sin dificultad, pues los vecinos se quejaban del ruido, por lo que la administración nos hizo esa observación y le preguntó a la vecina de arriba si de verdad hacíamos tanto ruido. Ella lo negó pues era muy amiga de nosotros; inclusive un día nos contrató para una fiesta que organizó en su departamento porque sus hijos se lo pidieron. Sin embargo, tuvimos que tapar muy bien las ventanas del sótano para amortiguar el ruido. En dicha fiesta una vecina conoció a quien después sería su esposo. Llegamos a tocar en otras fiestas, tardeadas y auditorios. En una ocasión tocamos mano a mano con Javier Bátiz, a veces nos acompañaba un valet de jovencitas y hasta llegamos a tener un club de admiradoras en Azcapotzalco. Cuando nos presentábamos, corría la voz diciendo “ya llegaron Las Cuerdas”, así nos llamábamos.
En esa época los conjuntos de rock no eran bien vistos, decían que hacían música maligna. Las autoridades correteaban a los integrantes, a veces les rompían algunos instrumentos. Nosotros cuando terminábamos de tocar, nos íbamos rápido, sólo en una ocasión nos defendimos con los cables de los aparatos.
En esta privada se han filmado muchas escenas de películas y comerciales. En mi casa se filmó un comercial de “Ponga la basura en su lugar”, salía una señora de la casa barriendo y la ponía en un bote, y una escena de la película “Sendero de sangre”, donde se veía salir unos personajes de la casa, por la que nos dieron cinco mil pesos. También se filmó un comercial de la ropa Furor en uno de los balcones. Unas veces nos pagaban, otras no.
La más reciente filmación fueron escenas de una película -no recuerdo su nombre- en la que la artista Laura Flores está cantando en el balcón que está abajo, frente al mío que está arriba. Cuando me asomé por el balcón parecía que me estaba dando serenata, y yo me la creí. Esto es algo de lo que me ha tocado vivir en la privada Gardenia, del edificio que algún día perteneció al Sr. Ernesto Pugibet, hombre consciente de lo que vivió en su época. Ojalá que el edificio de La Mascota, se conserve en pie por mucho tiempo, como último baluarte de El Buen Tono, de la familia Pugibet.
Emiliano Zamora Cruz